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No existe un motor de transformación individual y colectiva más potente que la formación. Una persona, una comunidad, un país… serán tanto como la educación les permita, porque esta es la fragua donde se forjan las alas que nos permiten echar a volar.
Recuerdo, como si acabara de vivirlo, el momento en que mi padre me hizo saber, apesadumbrado, que quizás yo no pudiera seguir estudiando. Yo tenía diecisiete años, acababa de aprobar la antigua Selectividad (ahora PAU o EBAU) y soñaba con ir a la universidad. Todavía mi vocación de periodista no se había manifestado con la fuerza necesaria, pero sí tenía claro que mi futuro pasaba por seguir formándome.
La advertencia no me pilló por sorpresa. La mía era una familia modesta en la que, por aquellos años, solo se llegaba a fin de mes merced al enorme esfuerzo que cada día hacían mis padres, para quienes no existían horarios, ni festivos, ni vacaciones. Trabajaban de sol a sol y gracias a ello nunca pasamos privaciones, pero las habas estaban contadas. Como las judías y hasta las lentejas. De ahí que la perspectiva de enviar a un hijo a estudiar a Madrid desde la pequeña localidad alicantina en la que residíamos sonara a cuento de hadas, por no decir a relato de ciencia ficción.
Por esos azares de la existencia he acabado trabajando en una institución educativa y dirigiendo su departamento de Responsabilidad Social Corporativa (RSC), lo cual seguramente tiene algo de justicia poética. Ahora tengo la posibilidad de contribuir a que la educación, que ya por definición es la mayor y más eficaz herramienta de transformación y el mejor ascensor para progresar en la escala social, se convierta en el principal aliado de quienes, por sus circunstancias personales, afrontan el futuro desde una situación de clara desventaja.
Partiendo de esa premisa y de esa convicción, UNIVERSAE ha suscrito en los últimos meses diversos convenios de colaboración con colectivos de huérfanos, con asociaciones de apoyo a personas con discapacidad, con el Comité Paralímpico Español…, siempre con el objetivo prioritario de promover las mejores condiciones de acceso a la formación, y más concretamente a la Formación Profesional (FP), de quienes se encuentran en una situación más vulnerable o menos ventajosa.
Las especiales características de nuestra oferta educativa nos convierten en un formidable aliado para muchos colectivos. Por un lado, nuestro ecosistema educativo, en el que las nuevas tecnologías juegan un papel trascendental, permite elaborar materiales didácticos de fácil comprensión y asimilación y, lo que es igualmente relevante, con una enorme capacidad de adaptación a las circunstancias personales de nuestros alumnos, por muy específicas que estas sean. Igualmente permite superar cualquier barrera espacial manteniendo vigentes los más altos estándares de calidad, con lo que se evitan desplazamientos innecesarios y resulta perfectamente posible adaptar el ritmo de los estudios a las necesidades particulares de cada estudiante.
Contribuir a la democratización de la educación, que es uno de los grandes retos de UNIVERSAE desde su fundación, ha pasado gracias a todo ello a convertirse en un objetivo cumplido, por más que no podamos renunciar a seguir trabajando día a día en ese mismo camino. Porque todavía queda mucho por avanzar.
Estoy íntimamente convencido de que las sociedades del futuro serán sociedades con un elevado índice de formación y cultura, o simplemente no serán. O no serán dignas de tal nombre. Porque es la educación la que permite a los ciudadanos ser libres, conscientes, seguros de sí mismos y desarrollar un pensamiento crítico; unas cualidades y atribuciones, todas ellas, que son fundamentales para alcanzar elevados cotas de desarrollo democrático y para avanzar en la construcción de comunidades más igualitarias, más equitativas, más solidarias, más ecuánimes, más responsables, más sostenibles.
Apostar por la educación, individualmente y como sociedad, es la mejor inversión para el futuro.
Para un futuro mejor, más justo, más brillante.